No se puede negar cierto parecido entre el mercado y los combates de gladiadores que sirvieron de asueto y diversión a nuestros antepasados romanos. La arena del circo es como una representación a escala del mercado y los gladiadores serían los directivos de todas las empresas que compiten por el favor y a veces, el fervor del público. En ambos casos la competencia es muy dura y el objetivo de la lucha puede endurecerse hasta buscar la desaparición del contrario.
La formación del gladiador corría a cargo de los lanistas, luchadores supervivientes de mil combates que se encargaban de enseñarles las artes, tretas y argucias del oficio en un remedo de nuestras más o menos prestigiosas Escuelas de Negocios. Al igual que estas, las hubo famosas, como la escuela de Capua que dejó un rastro indeleble en la historia de Roma o absolutamente desconocidas como otras muchas de las que no tenemos más que la mera sospecha de su posible existencia. Cada candidato era seleccionado en función de sus aptitudes con el objetivo de convertirlo en un eficiente mirmillón si era hábil con el gladius, la espada corta y recta que convirtió en leyenda a las legiones de Roma, o en un tracio si se desenvolvía mejor con la sica, también corta pero curva. Los retiarios iban armados con una red, un tridente y un puñal y los hoplomachus blandían lanza y se protegían con un escudo circular. A caballo combatía los equites y sobre carros, emulando a los guerreros bretones, los essedarii. Ya entonces era regla común que un buen espectáculo requiere de una excelente preparación previa.
De entre todos los gladiadores que se jugaban la vida en el circo romano siempre me ha llamado poderosamente la atención la historia de los andabatae. Forzados a combatir por diversas causas se protegían con un casco cerrado que les impedía ver a su adversario por lo que siempre pisaban la arena con clara desventaja sobre su contrincante y habitualmente terminaban malheridos cuando no muertos.
Hay diversos estilos y formas de dirigir una empresa. Lo importante es combatir en la arena del mercado conociendo las propias aptitudes y utilizando con eficiencia las armas de que dispongamos. Al igual que un mirmillón sólo protegido por su escudo podía esperar el momento propicio para clavar el gladius en los ijares del caballo de un aguerrido y soberbio equite que caído de bruces al suelo, quedaba a su merced; un retiario era capaz de envolver a cualquier adversario entre sus redes, aunque previamente cualquiera de ellos pudiera parecer una presa fácil de sus contrincantes. Igualmente, un directivo de empresa puede salir victorioso de cualquier lance si tiene armas apropiadas y sabe utilizarlas en su mejor provecho.
En cambio, algunos estilos de dirección recuerdan la triste lucha de los andabatae. Salen cegados al mercado y repartiendo mandobles sin ton ni son, confiados más en la suerte que en la planificación racional de su gestión. Uno de los mayores errores directivos es pensar que en la estructura productiva de un negocio hay departamentos más importantes que otros. En estos casos, la cenicienta suele ser siempre la administración que se ve como un simple gasto fácilmente suprimible porque no aporta nada a la generación de negocio. La realidad es bien distinta. Una empresa eficiente requiere una maquinaria que, como la de un reloj suizo, se ensamble y funcione a la perfección. Cualquier pieza, por pequeña o prescindible que parezca ser, si no cumple con su cometido perjudica y elimina la precisión que siempre se le ha supuesto a toda maquinaria manufacturada en el país helvético.
Los departamentos de administración y finanzas suelen verse como meros consumidores de gasto y no como generadores de ingresos olvidando que una buena gestión económica y financiera es la piedra angular sobre la que se asienta cualquier empresa eficiente. Convertir los flujos económicos en un centro de beneficio es muy importante. La contabilidad de una empresa debe ser un elemento de gestión, no una mera formalidad jurídica o fiscal. Las empresas que sólo cumplen con las obligaciones contables de cara a la administración pública o adolecen de una gestión financiera deficiente o nula condenan a sus gestores a decidir a ciegas y a repartir mandobles como los andabatae. La administración de una compañía requiere una sólida información contable que permita al responsable financiero realizar previsiones fiables tanto de su tesorería como de las necesidades de financiación para proyectos concretos o para suplir los inevitables déficits de liquidez. Desgraciadamente, es demasiado habitual encontrarse con directivos que desprecian la imprescindible labor de los departamentos de administración y finanzas y, lo que es más grave, cuando besan la arena del circo, desfallecidos y agotados de repartir inútiles mandobles como gestores cegados que son, sin fuerza alguna ante sus competidores, mueren convencidos de que fue la mala suerte y no su falta de previsión e información, lo que les llevó a la ruina.

